Deuda, déficit y el costo del dinero: el segundo embate que describe el FMI
Este es el segundo de tres análisis sobre el Informe Anual 2026 del FMI. Mientras el primer artículo se concentró en la resiliencia global, esta entrega examina las crecientes presiones fiscales, el repunte de la deuda pública mundial y el salto de las tasas de interés de los bonos gubernamentales.

Reunión del FMI
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Fondo Monetario Internacional
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La deuda vuelve al centro del tablero
El Informe Anual 2026 del FMI es categórico: la deuda pública mundial “vuelve a aumentar tras un breve descenso desde los máximos históricos alcanzados durante la pandemia”, y ya antes de la guerra en Medio Oriente el propio organismo proyectaba que, para 2028, alcanzaría niveles comparables a los de la Segunda Guerra Mundial.
El conflicto agravó las presiones fiscales por tres vías: el repunte de los precios de la energía, el endurecimiento de las condiciones financieras y la desaceleración del crecimiento. En apenas tres años, advierte el FMI, los pagos de intereses a escala mundial aumentaron casi un 50%, de alrededor del 2% a casi el 3% del PIB, recursos que dejan de destinarse a educación o infraestructura.
Los bonos del Tesoro de EE.UU. se disparan
Ese diagnóstico se confirma, con crudeza, en el mercado de bonos estadounidense. El rendimiento del bono del Tesoro a 30 años tocó el 5,64% a fines de septiembre, su nivel intradía más alto desde 2004, mientras el de 10 años alcanzó un máximo desde 2007. La escalada de un punto porcentual coincide con el estallido de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán el 28 de febrero: el bono a 30 años cerraba en apenas 4,63% la víspera del conflicto.
Estados Unidos no está solo; en el Reino Unido, los bonos a 10 años rinden 5,38% (nivel más alto desde 2007), y en Francia 4,87% (nivel más alto desde 2002). El promedio de los países del G-7 ha superado el 4% por primera vez desde 2007, lo que se atribuye a las presiones inflacionarias y los crecientes déficit fiscales.
El economista Paul Krugman, en su Substack, descompone el fenómeno; recuerda que el rendimiento a 10 años de los Tesoros de EE.UU. funciona como punto de referencia para el costo del capital en toda la economía, y que su historia reciente ya había sido empinada: entre 2008 y 2022 el mundo se acostumbró a tasas excepcionalmente bajas, un período que terminó abruptamente.
Krugman adelanta su hipótesis: el alza “refleja sobre todo los efectos del inmenso boom de inversión impulsado por la IA”, reforzado por el impacto inflacionario de la guerra con Irán, que “ha disparado un cambio en la narrativa” de política monetaria. Un estudio de Stijn van Nieuwerburgh que Krugman proyecta que la construcción de infraestructura de IA (2025-2032) representará un 3,63% del PIB estadounidense en gasto de capital anual promedio, más del doble que el boom de telecomunicaciones de los años noventa y muy por encima de la electrificación o las autopistas interestatales.
La otra cara de la historia es política. En un artículo posterior, Krugman relata cómo el secretario del Tesoro, Scott Bessent, intentó frenar el alza comprando bonos a 30 años —una maniobra que, según él, “algunos han comparado con pagar parte de la hipoteca aumentando el saldo de la tarjeta de crédito”— sin lograr revertir la tendencia. El propio Bessent había declarado semanas antes, tras una intervención en el mercado del yen, “yo soy la casa ahora” (I am the house now), una frase que el mercado de bonos se encargó de desmentir rotundamente.
Una lectura global: ¿el mundo se ahoga en deuda?
Puesto en perspectiva mundial, el cuadro es aún más amplio. Según datos del Institute of International Finance recogidos por el columnista Martin Wolf en Financial Times, la deuda bruta global llegó a USD 365 billones —311% del PIB mundial— en el primer semestre de 2026.
El IIF advierte que “los gobiernos de mercados maduros gastan hoy más en el pago de intereses que lo que el mundo invierte en IA, defensa o energía” por separado, y que la deuda “se ha convertido más en un problema político que macrofinanciero”. Wolf matiza que buena parte de la caída previa en la relación deuda/PIB se debió a la inflación postpandemia, un destructor de deuda que dejó, sin embargo, el legado de tasas de interés estructuralmente más altas.
También destaca que la deuda corporativa ligada a la IA se emite a plazos mucho más largos —13,4 años en promedio— que los bonos del Tesoro estadounidense, cuyo plazo promedio se ha acortado a apenas 2,5 años, lo que deja a Washington más expuesto a un salto brusco en el costo de refinanciar su deuda. Wolf cierra con una advertencia que vale para cualquier economía, incluidas las latinoamericanas: cita al economista Herbert Stein —“si algo no puede continuar para siempre, se detendrá”— y a Rüdiger Dornbusch, especialista en crisis latinoamericanas, quien advertía que estas “tardan más en llegar de lo que uno puede imaginar, pero cuando llegan, ocurren más rápido de lo que uno puede imaginar”.
El Atlantic Council coincide: en su repaso de los temas centrales de las Reuniones Anuales del FMI y el Banco Mundial en Bangkok, advierte que la deuda pública mundial alcanzó ya el 91% del PIB global y que más de 3.400 millones de personas —41% de la población mundial— viven en países que gastan más en el servicio de la deuda que en educación o salud.
América Latina y Ecuador: el costo de pedir prestado en un mundo más caro
Para América Latina, este encarecimiento global del financiamiento no es un problema abstracto. Como describí en mi artículo anterior, 17 de los 32 países de la región mantienen hoy algún tipo de relación financiera con el FMI, y la región concentra el 44% del financiamiento total del organismo, con Argentina y Ecuador sumando cerca de USD 68 mil millones de los USD 74 mil millones adeudados por toda la región. Cuando los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense —la tasa libre de riesgo que sirve de referencia para el costo de capital en todo el mundo— suben con la fuerza descrita arriba, el efecto se transmite casi mecánicamente a las primas de riesgo que pagan los soberanos latinoamericanos, incluido Ecuador, para colocar deuda o refinanciar vencimientos.
El propio Informe Anual del FMI documenta que Ecuador mantiene un acuerdo bajo el Servicio Ampliado del FMI, un respaldo que amortigua, pero no elimina, la exposición del país a un encarecimiento generalizado del crédito externo. La lección que deja el Informe es clara: mientras el FMI insiste en que los gobiernos —incluidos los de la región— establezcan “prioridades fiscales rigurosas” y acometan reformas impopulares como la de pensiones o subsidios energéticos, el margen para postergarlas se estrecha cada mes que los bonos del Tesoro siguen subiendo.
Lo que viene
En el tercer y último artículo de esta serie abordaré la dimensión geopolítica y la guerra comercial que atraviesa el Informe Anual del FMI: desde la guerra en Ucrania y el cierre del estrecho de Ormuz hasta el realineamiento de América Latina frente a Washington.
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