Ecuador encuentra en las frutas tropicales y no tradicionales una nueva veta exportadora
La oferta frutícola ecuatoriana se ha diversificado y algunas categorías de frutas tropicales y no tradicionales muestran un crecimiento sostenido en valor y volumen.

Frutas ecuatorianas.
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Ecuador exportó USD 37.152 millones durante 2025, según Trade Map, con base en estadísticas del Banco Central del Ecuador. De ese monto, USD 4.818 millones correspondieron al capítulo HS08, que comprende frutas y frutos comestibles. Es decir, aproximadamente 13% de las exportaciones ecuatorianas estuvieron vinculadas a este capítulo.
Dentro de esta amplia canasta existen productos con décadas de trayectoria internacional y otros que han ganado espacio más recientemente. Por ello, para aproximarse al comportamiento de las frutas tropicales y no tradicionales resulta necesario mirar más allá del total y observar cómo han evolucionado algunas partidas específicas.
Tres de ellas son particularmente útiles para este análisis. La HS0810, que comprende fresas, frambuesas, zarzamoras, grosellas y demás frutos comestibles frescos no incluidos en otras categorías; la HS0804, que agrupa dátiles, higos, piñas, aguacates, guayabas, mangos y mangostanes; y la HS0811, correspondiente a frutas y otros frutos congelados.
En conjunto, estas tres partidas alcanzaron USD 531 millones en exportaciones durante 2025. Eso equivale aproximadamente al 1,4% de todas las exportaciones ecuatorianas y al 11% del valor exportado por el capítulo de frutas.
La cifra debe entenderse como una aproximación al segmento analizado y no como una medición oficial de las “frutas exóticas”: las clasificaciones HS4 reúnen varios productos dentro de una misma partida. Sin embargo, permiten observar una tendencia clara. En 2018, estas tres categorías sumaban USD 146,3 millones; siete años después, su valor era 3,6 veces mayor.
El desempeño también coincide con la lectura que realizan los actores del sector. Bernardo Malo Cordero, presidente de la Fundación Mango del Ecuador, explica a GESTIÓN que las frutas tropicales y no tradicionales han encontrado una demanda internacional creciente y que, con el tiempo, algunos productos que inicialmente eran considerados exóticos terminan incorporándose de manera habitual a los supermercados y canales mayoristas.
Las frutas no tradicionales ganan escala dentro de la oferta exportadora
El crecimiento de las tres partidas seleccionadas ha sido sostenido, aunque no uniforme. En 2018, HS0810, HS0804 y HS0811 sumaban en conjunto USD 146,3 millones. Para 2020 alcanzaban USD 206,7 millones; en 2022 llegaron a USD 278,8 millones y durante 2024 superaron por primera vez los USD 400 millones. En 2025 registraron USD 531 millones, un aumento de 30,6% frente al año anterior.
En siete años, su crecimiento acumulado fue de aproximadamente 263%, equivalente a una tasa de crecimiento anual compuesta de aproximadamente 20,2%. Este avance también se refleja en su relación con las exportaciones nacionales. En 2018, las tres partidas equivalían a alrededor de 0,7% de todo lo exportado por Ecuador. En 2025 representaron aproximadamente 1,4%.
No se trata todavía de uno de los grandes bloques del comercio exterior ecuatoriano, pero sí de un segmento que ha aumentado progresivamente su escala y que reúne productos con diferentes grados de madurez comercial.
Para Malo, es importante diferenciar la trayectoria de cada producto. Algunas frutas cuentan con mercados desarrollados desde hace varios años, mientras otras todavía atraviesan una etapa de posicionamiento.
Entre estas últimas destaca la pitahaya. Malo identifica especialmente el avance de la pitahaya amarilla producida en Palora y el crecimiento de variedades de piel roja. También menciona a productos como la granadilla, tomate de árbol, uvilla y guanábana, cuya oferta exportable ha aumentado, aunque todavía mantiene una escala menor.
Los frutos frescos no tradicionales amplían su presencia en el exterior
La transformación más visible dentro de los datos analizados aparece en el HS0810. En 2016, Ecuador exportaba apenas USD 10,3 millones bajo esta partida. Para 2019, el valor había aumentado a USD 69,3 millones y en 2022 llegó a USD 123,1 millones. El crecimiento se aceleró posteriormente: USD 187,7 millones en 2023, USD 237,6 millones en 2024 y USD 346,3 millones en 2025. En nueve años, su valor se multiplicó 33,6 veces.
El comportamiento de las cantidades confirma que el crecimiento no responde únicamente a precios. Las exportaciones pasaron de 1.762 toneladas en 2016 a 81.252 toneladas en 2025, es decir, el volumen se multiplicó aproximadamente 46 veces.
Los datos permiten observar dos movimientos simultáneos. Por una parte, existe una expansión considerable de los volúmenes enviados al exterior. Por otra, el valor unitario implícito —calculado al dividir el valor exportado entre el volumen registrado— ha variado conforme la categoría adquirió escala. En 2019 alcanzó USD 6,97 por kilogramo, descendió hasta USD 3,09 en 2023 y posteriormente se recuperó a USD 4,26 en 2025.
Esto no permite concluir por sí solo qué ocurrió con el precio de una fruta específica, porque la partida reúne varios productos. Sí muestra, sin embargo, que la expansión exportadora estuvo acompañada por un crecimiento físico especialmente importante.
Producir más no garantiza vender más
El crecimiento de las frutas tropicales depende de una relación que puede parecer evidente, pero que resulta determinante para evitar desequilibrios: la oferta debe desarrollarse en función de la demanda.
Malo advierte que no tendría sentido ampliar masivamente el cultivo de una fruta simplemente porque las condiciones agrícolas permiten producirla. Su ejemplo es la chirimoya. Ecuador podría incrementar su superficie, pero esa producción solo sería sostenible si existen mercados dispuestos a comprarla en las cantidades, precios y períodos requeridos.
Esta lógica es particularmente relevante en frutas que atraviesan etapas de rápido crecimiento. Cuando la producción aumenta más deprisa que el consumo, el exceso de oferta puede terminar presionando los precios. En sentido contrario, una demanda creciente sin capacidad de producir volúmenes consistentes puede dificultar la consolidación de compradores internacionales.
El mercado internacional tampoco ofrece las mismas oportunidades para todos los productos. Malo menciona, por ejemplo, al limón Tahití. Aunque tiene demanda, Ecuador enfrenta competidores como México y Brasil, que cuentan con una oferta importante y pueden tener ventajas geográficas hacia determinados destinos.
Los desafíos: logística, costos y un El Niño que añade incertidumbre
A medida que una categoría gana escala, aumentan también las exigencias para sostener volúmenes, calidad, tiempos de entrega y condiciones competitivas frente a otros países productores.
Malo identifica a la logística como uno de los principales desafíos. Ecuador compite con países que, dependiendo del destino, pueden encontrarse más cerca de Estados Unidos o Europa. Esa distancia tiene dos efectos simultáneos: incrementa el costo del transporte y prolonga el tiempo durante el cual una fruta perecedera debe conservar sus condiciones óptimas.
“Mientras más largo es el tránsito, más se afecta la condición de la fruta”, explica Malo. A ello se suman los costos internos relacionados con combustibles, electricidad, mano de obra, insumos, empaque y transporte, que terminan incorporándose al precio con el que el producto ecuatoriano debe competir en los mercados internacionales.
El problema, sin embargo, no se limita a los costos. Francisco Rivadeneira, exministro de Comercio Exterior del Ecuador, señala en entrevista con GESTIÓN que el principal desafío es lograr que el crecimiento de estos productos se traduzca en verdaderas cadenas exportadoras.
A su criterio, Ecuador todavía enfrenta dificultades relacionadas con escala, productividad, asociatividad, infraestructura de poscosecha, cadena de frío, logística y cumplimiento de requisitos fitosanitarios. Por ello, considera necesaria una mayor coordinación entre productores, exportadores y Estado. El objetivo, sostiene, debería ser pasar de productos que alcanzan buenos resultados de manera individual a cadenas capaces de competir y sostenerse en el tiempo.
Este diagnóstico adquiere mayor importancia cuando se considera que el crecimiento exportador no depende únicamente de cuánto puede producir Ecuador, sino también de la capacidad de entregar esa producción con características homogéneas y durante períodos previsibles.
La competitividad también está vinculada con el acceso comercial. Para Malo, la promoción en ferias internacionales puede ayudar a generar contactos y demanda, pero pierde efectividad si posteriormente las empresas ecuatorianas no consiguen abastecer esos mercados bajo condiciones competitivas.
Rivadeneira añade otro componente: inteligencia comercial. Considera que Ecuador debería avanzar desde una estrategia concentrada en abrir mercados hacia otra orientada al desarrollo integral de cadenas exportadoras. Esto supone anticipar la demanda para evitar problemas de sobreoferta, mejorar productividad, diferenciar los productos y generar mayor valor agregado.
También plantea que el crecimiento futuro no tendría que limitarse a la exportación de fruta como materia prima. Una alternativa es desarrollar progresivamente una oferta agroindustrial basada en frutas tropicales, dirigida tanto a mercados tradicionales como a nichos que buscan productos diferenciados y de mayor calidad.
El fenómeno de El Niño
A estos desafíos estructurales se suma en 2026 una variable que está en gran medida fuera del control de productores y exportadores: El Niño.
Malo comenta que existe preocupación por las temperaturas oceánicas y por los efectos que condiciones climáticas anómalas podrían tener sobre la productividad de los frutales. Según explica, la respuesta no es idéntica en todos los cultivos: dependiendo de la especie y de las condiciones, podrían registrarse cambios en productividad, adelantos en los ciclos, escasez o incluso períodos de sobreoferta.
El escenario climático se ha definido con mayor claridad. El Centro de Predicciones Climáticas de la NOAA informó el 10 de septiembre de 2026 que El Niño continúa fortaleciéndose y existe una probabilidad superior al 90% de que alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño e invierno del hemisferio norte 2026-2027.
El organismo advierte, sin embargo, que una mayor intensidad aumenta la probabilidad de impactos asociados con El Niño, pero no permite anticipar de manera automática qué ocurrirá en cada país, región o cultivo.
Para Rivadeneira, la vulnerabilidad climática debe incorporarse de manera permanente a la estrategia exportadora y no tratarse únicamente cuando ocurre una emergencia; señala que eventos climáticos de gran magnitud pueden afectar no solo los volúmenes producidos y la calidad de la fruta, sino también la capacidad de cumplir contratos internacionales.
Por ello plantea que el sector privado debería fortalecer inversiones en tecnificación, riego, drenaje, variedades resistentes, seguros y sistemas de monitoreo, mientras el Estado tendría que reforzar infraestructura, investigación, información climática, sanidad vegetal y mecanismos de financiamiento para enfrentar episodios extremos.
Su planteamiento introduce un elemento adicional en la discusión sobre competitividad: la capacidad de adaptación. Para un sector exportador, una variación brusca en producción puede repercutir más allá de la finca. Puede reducir la cantidad disponible para empacadoras y exportadores, alterar precios, modificar programas de envío y dificultar el cumplimiento de compromisos previamente adquiridos con compradores internacionales.
Por eso, la resiliencia comienza a ser tan importante como la capacidad para aumentar exportaciones. Rivadeneira resume esta relación señalando que la resiliencia climática forma parte de la competitividad internacional, especialmente para un país cuya oferta externa tiene un peso importante de productos agrícolas, pesqueros y acuícolas.
El desafío estará en combinar productividad, asociatividad, infraestructura de poscosecha, cadena de frío, información comercial, logística y adaptación climática. También será necesario evitar que una expansión rápida de la oferta termine desconectándose de la demanda internacional.
La siguiente fase dependerá menos de producir una fruta por ser “exótica” y más de construir alrededor de ella una cadena exportadora competitiva, diferenciada y resiliente, capaz de mantenerse incluso cuando cambian los precios, la demanda o las condiciones climáticas.
(*) Economista, analista económica Gestión Digital.
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